ARTENARA Y SUS EMPRENDEDORES


Por José M. Balbuena Castellano.


Muchos ayuntamientos de esta isla  realizan  esfuerzos para dinamizar la actividad de sus municipios y encontrar fórmulas que posibiliten la creación de empleos y evitar la paulatina pérdida de habitantes. Unos se basan en la utilización de sus propios productos agrícolas o ganaderos,  o en cualquier  otro recurso natural o alternativo, como la repostería, la artesanía, el turismo rural, la restauración, la arqueología, el senderismo, y aprovechando la naturaleza que les rodea.
En este sentido hemos visto las iniciativas que se desarrollan, por ejemplo, en Moya, donde, a la par que se realiza una gran actividad relacionada con la cultura y la formación, se promocionan directamente sus productos de repostería, sus producciones agrícolas, y se dan a conocer sus atractivos paisajísticos y  su oferta de turismo rural. Lo mismo ocurre en Valleseco, en San Mateo, Agüimes, etc.
Quiero dedicarle un capítulo muy especial a Artenara, el  pueblo más alto de Gran Canaria, con un municipio de poco más de 66 kilómetros cuadrados que se extiende  desde la cumbre (cerca de los 1.800 metros de altura)  hasta la orilla del mar, en la zona denominada Playa de las Arenas, entre los términos municipales  de Agaete y La Aldea.
En Artenara hay una serie de emprendedores que luchan por su pueblo y que han hecho lo posible por resistir en un lugar donde las trabas burocráticas, por parte de la administración autonómica  e insular, no se lo ponen fácil a quienes intentan poner en marcha cualquier empresa.  Entre estas personas podemos mencionar a los hermanos Bolaños, dedicados a la construcción, y José González, propietario de la gasolinera de Artenara y del restaurante La Esquina, con una excelente panorámica, y cerca a la estatua de Miguel de Unamuno, que al contemplar esta maravilla indicó que aquellos era “una tempestad petrificada”.
 Recientemente se ha abierto de nuevo el restaurante La Silla, (después de permanecer cerrado algún tiempo). Está  situado en un lugar de gran belleza,  desde el que se divisan el Roque Nublo, el Bentayga y la amplia caldera de Tejeda. El pueblo dispone también de otros  establecimientos hosteleros donde se degustan quesos y otros productos gastronómicos locales.

Otro emprendedor, al que este municipio le debe bastante, bajo mi punto de vista, es José Antonio Rodríguez, que lleva la empresa familiar Artenatur, dedicado al turismo rural en casas-cuevas y a la promoción de su pueblo en el exterior. Tiene como lema para atraer a su clientela: “Otro mundo en este mundo. Otra vida en esta vida”. Se refiere, claro está, a la sensación que se experimenta al vivir en estas cuevas. Éstas forman parte del legado aborigen, pues muchas fueron excavadas por ellos, aunque hoy en día han sido mejoradas con todos los adelantos de la vida moderna.  Son habitáculos que tienen la característica de ser cálidos en invierno y frescos en verano. La empresa de José Antonio Rodríguez, que es un profesor jubilado, (hoy embajador y difusor de las iniciativas de su pueblo)  que ejerció también como alcalde de esta localidad, gestiona cuatro casas-cuevas en el municipio: “El Mimo”, ”Las Margaritas”, “El Caidero” y “Mamá Nieves”. Y otra también en el municipio de Gáldar.  A su vez ha generado otros recursos complementarios como la producción de vino y de miel, con el fin de incentivar el cultivo de la vid y la cría de abejas. A sus clientes les obsequia con una botella de vino para darles la bienvenida.
En un reciente encuentro que tuve con José Antonio se lamentaba de que, a pesar de los esfuerzos de quienes se preocupan que no desaparezca la vida rural, este municipio tiene cada vez menos habitantes. Apenas sobrepasa los 1.000 o 1.200. La escuela de Artenara cuenta  solamente con 25 alumnos y de continuar el descenso  podría muy bien desaparecer porque la administración autonómica, con sus recortes y afán de ahorrar, en cuestiones que no debería ni siquiera tocar, está cerrando escuelas rurales.  Antaño, Artenara  llegó a tener unitarias en todos los barrios importantes del municipio.
Por otro lado, ya ha desaparecido un centro de recuperación artesanal donde se vendían y elaboraban productos tales como cerámica, trabajos de caña, palma, traperas, etc. en  el que el programa Leader, de la Unión Europea se gastó 600 millones de pesetas, en 1995, distribuidos entre los municipios de Tejeda y Artenara.
Otras iniciativas que se realizaron con ilusión y con intervención de dineros públicos no funcionan, como es el llamado Parque de Otoño. Tampoco funcionan  los centros de interpretación de la cumbre, instalados por el Cabildo Insular, ni el albergue o la pensión municipal.
Es sabido que Artenara perdió muchos puestos de trabajo cuando dejaron de funcionar los campamentos que se instalaban en el Pinar de Tamadaba.  Proveedores, cocineras, personal de limpieza, mantenimiento etc.  procedentes de este pueblo, trabajaban en  esas instalaciones.
Ahora bien, en Artenara queda mucho que hacer, especialmente en el ámbito agropecuario, rehabilitando zonas de cultivo y espacios dedicados a la ganadería. De hecho, con esta crisis que padecemos, hay unos cuantos artenarenses que se dedican a cultivar  huertos familiares, hasta hace poco abandonados, para plantar papas, verduras y  frutales. Es una forma de complementar la economía de muchas familias y de contribuir a resolver su problema de auto abastecimiento.
Pero hay otros recursos potenciales que podrían explotarse con más intensidad como es  su naturaleza, el senderismo, (incluso construyendo senderos para ciclistas)  la etnografía,  yacimientos arqueológicos,  fiestas religiosas y tradiciones. Ahí están las cuevas de Caballero, la del Candil, las de Acusa Seca, las fiestas de la Virgen de la Cuevita (patrona de los ciclistas y el folklore canario), San Matías (patrón del municipio y de los pinares grancanarios),  que, afortunadamente, atraen a muchos visitantes a este pueblo.
Me referiré a uno de los lugares más impresionantes de este municipio, como es la finca de Tirma, situada la oeste de Tamadaba, entre este pinar y la carretera de La Aldea. Se accede, bien desde el pinar, por una pista de tierra, en cuya entrada hay una cadena que impide el paso, o desde las cercanías  del Andén Verde.
Esta finca fue adquirida por el  Cabildo de Gran Canaria  y como ocurre en otras operaciones que realiza la corporación insular, no se obtiene de ella ninguna utilidad, ningún beneficio. Era un hermoso predio que hoy se encuentra abandonado, tenía ganadería y una pujante producción agrícola, regada por la presa de El Vaquero. La llamada Casa de la Marquesa, dentro de esta finca, se encuentra casi en ruinas. No se llega a entender esas compras millonarias a las que no se le extrae después ningún rendimiento. Aquí mismo se podrían realizar excursiones organizadas y bien controladas, en plan de prueba, durante determinados días de la semana. Sabemos que existen extranjeros  que darían algo por permanecer dentro de estos fantásticos parajes unas horas. Se podrían, además, instalar áreas recreativas, aulas de la naturaleza, un centro agrícola experimental, miradores, algún centro de reinserción, etc. Cualquier cosa, menos prolongar una situación que para nada beneficia a la isla ni a sus habitantes.
Hay algo que me gustaría destacar en este comentario, y es que los trabajadores que talan los árboles y  hacen limpieza en los bosques, después amontonan las ramas y troncos para quemarlos. ¿Es que no se pueden aprovechar para leña de barbacoas, hornos, o para molerla y hacer abono o composta. Aunque sea vendiéndolos por un módico precio. En fin, hay algo en estas islas que no llegamos a entender. Hace falta tener buenas ideas, un poco de imaginación, y saber organizarse. Pero aquí estamos acostumbrados a que vengan otros de fuera a invertir y realizar lo que nosotros no somos capaces de ver.  Ahí tienen ustedes varias pruebas: El Loro Parque, Los Palmitos, etc. etc. 

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